miércoles, 4 de noviembre de 2009

El minuto de gloria

Todo el mundo tiene su minuto de gloria en la vida, pero no siempre o, mejor dicho, casi nunca, queda testimonio de ese minuto.

Yo, tuve suerte.

Estaba en Madrid, en una terraza de la plaza mayor. Era mediodía, a finales de la primavera, el calor apretaba y en esos momentos surgen sin control los instintos más salvajes del ser humano. Que sí, que ya sé, que puede parecer una exageración hablar de instintos salvajes en una terraza, pero qué quieren que les diga, así fue.

Entre las mesas de la terraza pululaba una fauna de seres de ese otro mundo que habitualmente nos rodea sin reparar en él: gitanas rumanas con sus niños en brazos, faquires lanzando fuego por la boca, peruanos vendiendo jerséis de lana en Agosto,..., entre todos ellos había un tipo que ya de lejos se le advertía distinto. Su lenguaje corporal transmitía odio. Pedía dinero de mesa en mesa, sin mirar a las caras, con la vista fija en el suelo. Nadie le soltaba un duro, y su cólera iba aumentando. De repente alguien le dio una mala contestación y con ello abrió la caja de Pandora.

Una patada a una silla, tiró los vasos de una mesa, empujó a un anciano que se levantaba de su silla para alejarse, y empezó a proferir insultos. Nos gritaba a todos, y ahora sí, nos miraba a la cara.

No sé qué fue lo que le llevó a dirigirse hacia mí, quizás que fui el único que le aguantó la mirada, quizás que cuando tomó su decisión yo estaba en su línea de paso, quizás simplemente fue el azar.

Se dirigió hacia mí, sin parar de gritar, mientras sacaba de su bolsillo izquierdo una navaja automática, de esas que todos queríamos de niños, levantó el brazo y... todo pasó en cuestión de segundos.

El navajazo iba directo a mi corazón, con el gesto preciso, “no era su primera vez” oí decir después; sin embargo, y esta vez seguro que sí fue el azar, puse mi brazo delante y con un rápido gesto, le agarré la muñeca, me giré de forma que él quedó dándome la espalda y agarrándole la cabeza con todas mis fuerzas, se la estampé contra una de las columnas de los soportales.

Cayó sin sentido.Me agaché, cogí la navaja, cerrándola con un solo gesto de muñeca y la guardé en el bolsillo. Por fin conseguí una de estas navajas, pensé en ese momento.

Acto seguido me senté, y le pedí al camarero que me trajese otro tenedor, pues en el “combate”, había caído al suelo. Seguí con mi caña y mi tapa de tortilla como si nada hubiera pasado.

No tardó más de cinco minutos en despertar el fulano y, aun desorientado, se sorprendió al ver que no había policía por ninguna parte. No le expliqué que cuando me senté a comer la tapa, enseguida aparecieron valientes que hablaban de atarlo para que no escapara, otros querían llamar a la policía, incluso alguno insinuaba la posibilidad de una paliza, para que escarmentase.

Yo les pedí a todos que se calmasen, que de qué iba a servir. Eso impediría a la policía que hacer algo más útil que detener al tipo de la navaja, dije; perdería el tiempo en declaraciones en comisaría que me arruinarían las vacaciones, pensé. Y todo para que al día siguiente, el mismo individuo descargargase su frustración en otra terraza. Si no llamamos, en cambio, es posible que aprenda que no siempre la vida es una jodida mierda; que no siempre él es el único perdedor.

El navajero, se levantó, me miró sorprendido, y empezó a alejarse dubitativo. Cuando ya estaba a unos metros dio media vuelta, y, en voz baja, mirándome, me pidió la navaja. Te jodes, es botín de guerra, le contesté. No dijo nada. Se acercó más. Mirándome a los ojos, me ofreció su mano, y se la estreché. Enseguida desapareció de la plaza mayor, y todo volvió a la normalidad.

Este fue mi minuto de gloria, pero como dije antes, si no queda constancia es como si nunca hubiese existido. Y ahí de nuevo entró el azar. Porque el siguiente fin de semana, descansando yo en otra terraza, esta vez de mi ciudad, leyendo el suplemento dominical del periódico, me encuentro con mi historia narrada por un escritor de renombre, gran amigo de las terrazas, y que estaba sentado, sin yo advertirlo, unas mesas más atrás. Con tacos, muchos más tacos de lo que allí se dijeron, con mucha más mala leche, pero era mi historia.

Y así, mi minuto de gloria, se hizo eterno.