jueves, 14 de mayo de 2015

3 6 5 CIENTO TREINTA Y CUATRO

 De vuelta de Coruña, ya anocheciendo, del estreno de la obra de teatro basada en el libro En tu Línea, me encontré con una desagradable sorpresa. En el cruce de Casadas, al pasar Vimianzo, había en medio de la carretera un lobo recién atropellado que estaba intentando levantarse. Tan pronto pude di la vuelta, aparté el coche de la carretera y fue corriendo a ver si podía hacer algo.

 Lo arrastré con cuidado hacia fuera de la carretera, me llamó la atención que no había gesto agresivo alguno en su cara ante mi presencia, solo miedo e incomprensión por su incapacidad para levantarse. Llamé a un compañero para ver si podíamos llevarlo hasta su clínica para intentar estabilizarlo y poder enviarlo al centro de recuperación de fauna silvestre de Santa Cruz, porque debido al golpe con el coche, tenía un orificio en la pared costal, pero ya en el abdomen, por el que sobresalía una costilla rota. Cogí la cámara y mientras esperaba, hice la foto que puedes ver abajo.

 Entretanto llegó un guardia civil que había terminado su turno y que no dudó en pararse a ayudar. Sin embargo no fue posible hacer nada, porque posiblemente por una hemorragia interna, a los diez minutos entró en shock y al poco tiempo dejó de respirar. El agente avisó a la patrulla de guardia  y allí se quedaron ellos, cuando el lobo ya había muerto, hasta que llegaran a recogerlo y nosotros nos marchamos para casa. 

 El resto del viaje estuvo bañado por una sensación amarga al no haber podido hacer nada, pero también me ayudó a recordar por qué me hice veterinario: desde niño siempre me gustó llevar animales a casa: grillos, diferentes especies de ranas, arañas, hormigas (con su correspondiente hormiguero), palomas, culebras (de collar, de escalera,...), lagartos (ocelados y verdinegros)... entraron en mi casa y tuve por ello unos cuantos problemillas con mi madre en un principio y con la residencia de estudiantes en la que estaba cuando cursaba veterinaria a continuación, sobre todo el día que se nos escapó una víbora del terrario. 

 Después de 22 años de ejercicio profesional recién abandonados, me doy cuenta cómo disfrutaba cada vez que lograba sacar adelante a un animal y cómo me gustaba observar el comportamiento de otros cuando los tenía unos días en mi casa antes de devolverles la libertad y también me doy cuenta de lo lejos que todo ello está de la veterinaria de grandes animales, donde no hay lugar para la curiosidad o para la compasión. Es pura y dura economía, y si curar un animal cuesta más que sacrificarlo, casi en el 100% de las ocasiones se opta por esta opción. 

 Esta vez no pudo ser, pero en otras ocasiones sí es posible sacar adelante al animal enfermo o herido, y la sensación de alegría al haberlo conseguido supera con mucho a todas la veces en las que, como hoy, no hubo nada que hacer.