domingo, 31 de enero de 2010

Una de mala leche

La edad de jubilación se retrasa de los 65 a los 67 años, el iva sube al 18%, las retenciones aumentan, las listas de espera en la seguridad social se incrementan (¿será este año cuando me llamen para una resonancia de la rodilla?), se anuncian recortes presupuestarios en todos los ámbitos, se monta un gang bang entre el estado y los sindicatos, pero, eso sí, los “gastos sociales” se van a mantener.
¿Qué son para ese error de la naturaleza, para ese engendro aberrante, para ese ser al cual no me atrevo a calificarlo de humano, qué son para ese iluminado por la estulticia los “gastos sociales”?
Estoy hasta los huevos de que premie al que no trabaja, al que no aporta nada, a esa gente normal y corriente, con la capacidad para trabajar y cotizar intacta, que prefieren chupar del estado que firmar un contrato de trabajo o poner en marcha una empresa. Ojo, no hablo del legítimo derecho a cobrar el paro, sino a todas las ayudas que se han ido implantando y que lejos de favorecer que las personas se reintegren a la población activa, perpetúan una situación de subvención cuasi permanente. La culpa no es de ellos, lo sé, está en la propia naturaleza de muchas personas seguir el camino más cómodo, y si te dan dinero por nada, ¿por qué hacer algo? La culpa es del aborto intelectual que la izquierda ha puesto al frente del estado. Y la culpa también es del resto de partidos, acojonados por los votos que puedan perder si propugnan la eliminación de ese tipo de ayudas.
Se rodea de niñatos sin conocimientos, ni experiencia, ni mucho menos inteligencia; batracios (y batracias) que no le puedan hacer sombra o pensar siquiera en bajarlo de la poltrona y se dedica a dar bandazos en vez de gobernar; a contar votos en vez de decidir, a seguir al pie de la letra un discurso tan lleno de palabras bonitas como de actos infames.
Un individuo que está al frente de un país con un 20% de paro, que permite a una banca ambiciosa tratar de sacar partido de sus errores en vez de pagar por ellos, que logra los peores resultados de Europa con su modelo educativo, que se pliega a las presiones de los compañeros de su propio partido en Cataluña, que pretende influir en el ámbito privado de las personas a golpe de ley, que hace el ridículo en las conferencias internacionales, que provoca vergüenza ajena en crisis como la del atunero vasco secuestrado, que se rodea de “amigos” tan defensores de las libertades individuales como Hugo Chávez o Evo Morales, que es capaz de dar 10 millones de euros, sí, sí, 10 millones de euros para el “Fondo de reinserción de talibanes arrepentidos”, se merece figurar en los anales de la historia como el peor presidente que ha tenido España. Y así aparecerá, cuando dentro de 50 años, lo pongan a la altura, si no por encima, de Fernando VII, en cuanto a la más negativa influencia de una persona sobre un país. Ese será el legado de don José Luis Rodríguez Zapatero.
Ufffff, que a gusto me he quedado…