viernes, 7 de mayo de 2010

Renacimiento

Cada vez que sopla el nordeste con tanta fuerza como estos días, me vienen a la memoria los incendios del verano del 2006. Las circunstancias no tienen nada que ver, todavía no hace calor, ni el monte está seco (más bien al contario), pero desde entonces, cuando el viento arrecia varios días seguidos, no puedo evitar el recuerdo de aquella tragedia.

Recuerdo llorar de rabia, por la impotencia de ver cómo las llamas rodeaban Cee, devorándolo todo sin poder hacer nada.

Recuerdo también la ineptitud de los que dirigían las labores de extinción, con órdenes confusas, sin proporcionar información, con unas prioridades erróneas, más acojonados por las repercusiones políticas que interesados en ser eficaces.

Recuerdo  los esfuerzos de muchas cuadrillas al pie de las llamas, que se jugaban el tipo frente al fuego, pese a la estulticia de los jefes que debían dar las órdenes, y se limitaban a dejar pasar el tiempo.

Recuerdo cómo, al colaborar cuando uno de los incendios amenazaba con llegar a la casa de un amigo, un ligero cambio de viento nos dejó en medio de un caos de humo y llamas que saltaban por encima de nosotros.

Recuerdo también que no todo fue malo. Pude ver al solidaridad de los vecinos cuando una casa era amenazada, las cuadrillas de bomberos de otros lugares que vinieron desinteresadamente a echar una mano, la cadena con cubos de agua que se formó en Cee para que las llamas no llegasen a un edificio en la Armada ...

Recuerdo incluso que, al poco tiempo, pude disfrutar viendo como la naturaleza luchaba por imponerse al tono gris que una mezcla de chalados, hijos de puta e intereses creados ocasionaron al calcinar esta tierra. Bastó con que cayera un chubasco, para que un río de hierba naciera en donde había discurrido el agua durante unas horas.